CRÍTICA | La constelación del perro

LA CONSTELACIÓN DEL PERRO:

Ridley Scott tiene 88 años y continúa dirigiendo películas a un ritmo que hace quedar mal al resto de la humanidad. Después de Napoleón y Gladiator II, regresa a la ciencia ficción con La constelación del perro. Aunque quizá convenga hacer una advertencia: quien espere otra Blade Runner o una pesadilla espacial como Alien o incluso una aventura de supervivencia como Marte, debería reajustar un poquito las expectativas.

Porque esta pelí más que sobre el fin del mundo, trata sobre qué haces al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.

Una epidemia de gripe ha acabado con casi toda la humanidad. Hig, interpretado por Jacob Elordi, vive en un pequeño aeropuerto abandonado junto a Jasper, su perro, y Bangley, un exmarine armado hasta los dientes al que da vida Josh Brolin. Entre los tres han creado una especie de comunidad postapocalíptica bastante peculiar toda la estabilidad emocional del grupo la pone el perro, no digo más.

Hig, a modo de pasatiempo, sobrevuela el territorio con una vieja avioneta, busca suministros y continúa preguntándose si en algún lugar queda algo parecido a una vida. Hasta que una misteriosa transmisión de radio le ofrece una posibilidad: abandonar la relativa seguridad de su refugio y salir en busca de otras personas… o continuar existiendo sin llegar nunca a vivir realmente.

La película contrapone dos maneras de afrontar el derrumbe. Bangley piensa que cualquier desconocido es una amenaza y que la única forma de seguir con vida es disparar primero y hacer preguntas cuando ya no quede nadie para responderlas. Hig, en cambio, todavía conserva la necesidad casi irracional de confiar, ayudar y encontrar a otras personas.

¿Quién tiene razón? Pues probablemente los dos. 

Scott sabe transmitir a través de momentos cotidianos (cotidianos para el poostapocalipsis) una melancolía especial. El mundo ha terminado, pero la naturaleza continúa ahí, completamente indiferente a nuestra tragedia. Los árboles siguen creciendo, las estrellas continúan brillando y los humanos supervivientes siguen necesitando afecto, aunque se empeñen en esconderlo detrás de un rifle.

En cuanto a tono, La constelación del perro es más un wéstern crepuscular que una película de ciencia ficción. El aeropuerto funciona como el rancho; la avioneta sustituye al caballo y el horizonte representa tanto una amenaza como una promesa. La fotografía de Erik Messerschmidt y la música de Harry Gregson-Williams refuerzan esa sensación de soledad, frontera y Americana posapocalíptica.

Jacob Elordi realiza una interpretación muy contenida. Y aquí cada espectador tendrá que decidir si ve dolor interior o simplemente a un señor muy alto mirando intensamente al horizonte. Para mí, funciona mejor cuando comparte escena con Jasper o con Josh Brolin, porque Brolin sí consigue que Bangley sea algo más que el típico superviviente gruñón. Tiene cierta retranca, mucha presencia y una vulnerabilidad apenas visible que convierte la relación entre ambos hombres en el verdadero corazón de la película.

El problema aparece cuando la historia abandona esa intimidad y comienza a introducir personajes, amenazas y escenas de acción a toda velocidad. La cinta parece tener dos personalidades: una quiere hablar del duelo, la memoria y la necesidad de conectar; la otra teme que el público se aburra y empieza a lanzar salvajes posapocalípticos salidos de Mad Max contra los protagonistas.

Y esa parte, a mi juicio es bastante menos interesante.

El último tercio resulta acelerado, algunos antagonistas rozan la caricatura y personajes interpretados por actores tan potentes como Margaret Qualley, Guy Pearce o Allison Janney no siempre reciben el espacio suficiente. Especialmente Qualley, cuyo personaje corre el peligro de quedar reducido a una respuesta narrativa para las necesidades emocionales del protagonista.

El resultado no es el desastre que sugieren algunas críticas, pero tampoco uno de esos regresos triunfales que nos permiten proclamar que Ridley Scott ha vuelto… principalmente porque Ridley Scott nunca se ha ido. Es una película hermosa, sincera y entretenida.

La constelación del perro brilla cuando mira al cielo, escucha el silencio y deja que sus personajes respiren. Cuando aparecen las hordas, las explosiones y las obligaciones de blockbuster, las estrellas se le desordenan un poquito.

Mi valoración sería un 6,5 sobre 10: una obra menor de Ridley Scott, pero una obra menor con suficiente corazón, un perro maravilloso y algunas ideas que merece la pena rescatar del fin del mundo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este campo es obligatorio

Este campo es obligatorio

Este campo es obligatorio

Se ha producido un error al enviar tu mensaje. Por favor, inténtalo de nuevo.

Comprobación de seguridad

Código captcha inválido. Inténtalo de nuevo.

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.